Tantas veces he perdido mi fe, como la he recuperado.
El dolor tiene ambivalencia, como el universo que se cierne sobre nosotros.
Perder lo amado causa dolor, y perdido en el dolor abandonas toda tu fe, renuncias a ella, o te la roba la ceguera que provoca el llorar a cada rato.
Avanzar, ciego de dolor, con sed de venganza, movido por la ira y el rencor, sólo te permite sentir el abandono y la soledad.
Es en esa soledad que tus sentidos comienzan a ser reclamados por todo lo que te corroe.
Y vives de lo que una vez aborreciste.
Y te conviertes en lo que combatiste fervientemente alguna vez.
Encontrar de nuevo el camino, es el casi imposible de todas las personas que han sufrido, se mantiene posado en sus narices, pero por una costumbre elegida no se nota, solamente cuando se está llorando porque la venganza les ha dado la espalda.
Lo único que aprendí al volver tantas veces al camino de mi fe es la única cosa que se puede aprender. La respuesta siempre es diferente en cada persona, en cada situación; para cada dolor existe su respectivo alivio. De eso no hay que dudar. Siempre el Sol se eleva después de la noche en cada lugar. En algunos momentos toca sufrir para que otros puedan gozar, pero con certeza esas dos sensaciones se alternarán.
Siempre habrá solución. Con certeza.
La respuesta siempre será encontrada.
Lo que diferencia a aquellas personas que están perdidas de las que no lo están, es el saber escucharla, el poder verla, tomarla y aplicarla.
Los perdidos no tienen el coraje para sufrir de nuevo lo que han huído y siempre estarán ajenos a su individualidad y carácter.
Los que sufren de nuevo para hacerse inmunes a ellos, son los que encuentran el sentido de sus vidas y logran lo que se proponen.
Son esos últimos los pocos. Los que valen la pena. Los que viven solitarios entre tanta gente diferente en sus elecciones. Son aquellos que están separados unos de otros y no se pueden encontrar.
El dolor tiene ambivalencia, como el universo que se cierne sobre nosotros.
Perder lo amado causa dolor, y perdido en el dolor abandonas toda tu fe, renuncias a ella, o te la roba la ceguera que provoca el llorar a cada rato.
Avanzar, ciego de dolor, con sed de venganza, movido por la ira y el rencor, sólo te permite sentir el abandono y la soledad.
Es en esa soledad que tus sentidos comienzan a ser reclamados por todo lo que te corroe.
Y vives de lo que una vez aborreciste.
Y te conviertes en lo que combatiste fervientemente alguna vez.
Encontrar de nuevo el camino, es el casi imposible de todas las personas que han sufrido, se mantiene posado en sus narices, pero por una costumbre elegida no se nota, solamente cuando se está llorando porque la venganza les ha dado la espalda.
Lo único que aprendí al volver tantas veces al camino de mi fe es la única cosa que se puede aprender. La respuesta siempre es diferente en cada persona, en cada situación; para cada dolor existe su respectivo alivio. De eso no hay que dudar. Siempre el Sol se eleva después de la noche en cada lugar. En algunos momentos toca sufrir para que otros puedan gozar, pero con certeza esas dos sensaciones se alternarán.
Siempre habrá solución. Con certeza.
La respuesta siempre será encontrada.
Lo que diferencia a aquellas personas que están perdidas de las que no lo están, es el saber escucharla, el poder verla, tomarla y aplicarla.
Los perdidos no tienen el coraje para sufrir de nuevo lo que han huído y siempre estarán ajenos a su individualidad y carácter.
Los que sufren de nuevo para hacerse inmunes a ellos, son los que encuentran el sentido de sus vidas y logran lo que se proponen.
Son esos últimos los pocos. Los que valen la pena. Los que viven solitarios entre tanta gente diferente en sus elecciones. Son aquellos que están separados unos de otros y no se pueden encontrar.
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