Los silencios del momento que poco a poco ha sido ahogado en tempestades han desarrollado una percepción indómita y desolada; ahora es casi imposible controlar el sentido de advertencia ante lo extraño. De no ser por el poco lapso de nobleza del que en ocasiones es presa mi certeza viviría en un mundo a solas, como el ente que espera en su momento al titán que en caos destruyese la constancia de saberse suspendido en un todo que se expande en nada, llenando su vacua infinidad.
Lucho en el trayecto en las probabilidades que al pensarse de desvanecen en la eterna búsqueda de la consecuencia; paso como contando los pasos que he dado, doliendo los tropiezos y ahogando los sollozos de las pérdidas que se adhieren como cicatrices en el tiempo.
Es el viento lo que mueve mis alas, alas que desaparecen arrancadas por el fuego de un infierno al que he llegado cavando, cavando por salir de un mundo en que la nada carcome el espíritu y entumece el músculo hasta acabarlo y volverlo un indiferente suicida.
Estoy donde estuve el día que mi destino se escribió. Tantas veces he rondado el filamento de la vida, oscilando entre la vida y la muerte, entre la inocencia y la crueldad, delineando mi franqueza ante la que con violencia he evitado verme sucio por el lodo de lo mundano.
Soy lo que he querido ser desde el día en que tuve uso de la razón y matemáticamente me supe condenado a la podredumbre, a lo que el mundo huye, a lo que nadie entiende. Soy lo que soy porque con orgullo he hecho lo que nadie quiere, lo que pocos sueñan, lo que nadie envidia, aquello de lo que el mundo disfruta sus consecuencias o su lejanía… soy esto, que ama lo que no le entiende, que anhela lo que jamás tendrá cabida para ello; aquello que siempre ha estado, escondido y desolado, avanzando en un camino que más que solitario parece meditabundo y vagabundo, explorando en los hubiera y probabilidades las consecuencias de un quizás que cada vez se ahonda más en la carne.
Vivo de la destrucción, me fortalezco del que osa destruirme con su ignorancia, con su frialdad y necedad, sueño en base a aquello que transforma al mundo en la forma bruta a la que está cambiando, odio de aquella incomprensión que hiere a los que juzgan y aplastan a causa de algo de lo que no tienen culpa. Vivo de la inocencia mancillada, me inspiro en dolor de los que callan y siguen avanzando, de los que no hacen caso, de los que desobedecen, de los que piensan que es posible aún cuando sus coyunturas se encuentren desechas y su piel totalmente calcinada… vivo de la reposición, de la adaptación, del amor al filo, de la sangre que se escurre entre las manos, de la sal a la que sabe un mar de lágrimas y del consuelo que da saberse ajeno a todo aquello que odiamos… y de contradicciones muero, para reinventarme y eclosionar en mis adentros.
Lucho en el trayecto en las probabilidades que al pensarse de desvanecen en la eterna búsqueda de la consecuencia; paso como contando los pasos que he dado, doliendo los tropiezos y ahogando los sollozos de las pérdidas que se adhieren como cicatrices en el tiempo.
Es el viento lo que mueve mis alas, alas que desaparecen arrancadas por el fuego de un infierno al que he llegado cavando, cavando por salir de un mundo en que la nada carcome el espíritu y entumece el músculo hasta acabarlo y volverlo un indiferente suicida.
Estoy donde estuve el día que mi destino se escribió. Tantas veces he rondado el filamento de la vida, oscilando entre la vida y la muerte, entre la inocencia y la crueldad, delineando mi franqueza ante la que con violencia he evitado verme sucio por el lodo de lo mundano.
Soy lo que he querido ser desde el día en que tuve uso de la razón y matemáticamente me supe condenado a la podredumbre, a lo que el mundo huye, a lo que nadie entiende. Soy lo que soy porque con orgullo he hecho lo que nadie quiere, lo que pocos sueñan, lo que nadie envidia, aquello de lo que el mundo disfruta sus consecuencias o su lejanía… soy esto, que ama lo que no le entiende, que anhela lo que jamás tendrá cabida para ello; aquello que siempre ha estado, escondido y desolado, avanzando en un camino que más que solitario parece meditabundo y vagabundo, explorando en los hubiera y probabilidades las consecuencias de un quizás que cada vez se ahonda más en la carne.
Vivo de la destrucción, me fortalezco del que osa destruirme con su ignorancia, con su frialdad y necedad, sueño en base a aquello que transforma al mundo en la forma bruta a la que está cambiando, odio de aquella incomprensión que hiere a los que juzgan y aplastan a causa de algo de lo que no tienen culpa. Vivo de la inocencia mancillada, me inspiro en dolor de los que callan y siguen avanzando, de los que no hacen caso, de los que desobedecen, de los que piensan que es posible aún cuando sus coyunturas se encuentren desechas y su piel totalmente calcinada… vivo de la reposición, de la adaptación, del amor al filo, de la sangre que se escurre entre las manos, de la sal a la que sabe un mar de lágrimas y del consuelo que da saberse ajeno a todo aquello que odiamos… y de contradicciones muero, para reinventarme y eclosionar en mis adentros.
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